La Familia, institución básica para la sostenibilidad del Estado del Bienestar

La Familia, institución básica para la sostenibilidad del Estado del Bienestar

Artículo de Sergio Fernández Riquelme, profesor de Historia, Investigación y Política Social del Departamento de Sociología y Política Social de la Universidad de Murcia, vicedecano de prácticas, orientación, empleo y comunicación.

a)      Límites y oportunidades de una Política social familiar.

Son tiempos difíciles para la Familia, política, jurídica y culturalmente; en Occidente todo parece contrario a su realidad natural. La acción pública sitúa las medidas de apoyo familiar en la cola de las prioridades de la dotación presupuestaria; más allá de puntuales decisiones de índole electoral. El ordenamiento jurídico desnaturaliza la identidad de la Familia, equiparándola a uniones temporales carentes de su evidente realidad histórica y de su insustituible función social. Y los medios de comunicación caricaturizan su naturaleza hasta límites insospechados, promoviendo formas de convivencia, generalmente hipersexualizadas, facturables y desechables.

Hasta fechas recientes, la Familia natural se adaptaba, siempre imperfectamente, a la libertad creadora y destructora del progreso humano; pero este equilibrio ecológico entre hombre y naturaleza, entre fe y razón, parece por momentos quebrarse, quizás irreparablemente. Ahora bien, “lo más increíble de los milagros es que ocurren”; sobre todo si van asociados a la realidad, la verdad y la esperanza, nos recuerda siempre Chesterton. Y la Familia natural lo demuestra en el contexto de escasez actual, de grave crisis que afecta, al alba del tercer milenio, a la otrora opulenta sociedad occidental.

Cuando el Estado se colapsa, en sus servicios y recursos, solo la Familia natural atiende las necesidades básicas del despedido, del desahuciado, del marginado. Cuando el Mercado es incapaz de generar puestos de trabajo estables y dignos, solo esta Familia recoge al que ha perdido el rumbo. Los testimonios (cualitativos) y los datos (cuantitativos) de su papel central en la Política social lo certifican: su naturaleza es real, su verdad comunitaria es universal y la esperanza que significa es fiable. Y nos demuestra, diariamente, ante los pequeños y grandes dramas  humanos que nos afectan, que es la única institución sostenible capaz de hacer frente a la intensa crisis, fundamentalmente moral, que vive Europa; Ignacio Arsuaga lo dejaba bien claro:

 “sólo saldremos de la crisis económica, moral y cultural que padecemos revalorizando el papel del matrimonio y de la familia, volcada en los hijos y en su formación".

Un problema técnico puede ser solucionado, una decisión política cambiada, y un error económico subsanado. Pero sin una Política social centrada en la Familia natural, sin una opción moral de alto calado, la viabilidad presente y futura de la sociedad del Bienestar se demuestra difícil. Porque la crisis de nuestro Estado del Bienestar, logro de una generación, no solo es un asunto productivo; es el signo de un cambio histórico al que asistimos, como protagonistas, o como meros observadores. El papel que ocupemos será nuestra decisión; y ante los recortes o ajustes, no podremos mirar hacia otro lado.

Porque la crisis del Bienestar social es reflejo directo de la misma crisis de la institución familiar, de nuestras decisiones. Se demuestra empíricamente. Sin Familias fuertes y estables los derechos sociales de ciudadanía, y en especial los laborales y asistenciales, pueden quedar en simples prestaciones que no se pueden sufragar o en normas que no se deben cumplir, cuando los meros deseos individuales (potencialmente ilimitados) desplazan a la simple realidad comunitaria (claramente definida). Y varios indicadores lo dejan meridianamente claro. Sin proteger y reconocer su función social se cuestiona la viabilidad de los sistemas públicos de pensiones ante el “invierno demográfico” occidental, se convierte en ineficaz la formación y estabilidad del capital humano ante la intromisión ideológica, se demuestra insostenible la gestión de los recursos públicos asistenciales ante el crecimiento de la rupturas y conflictos familiares, y crece la desestructuración comunitaria (exclusión, marginación) ante la difusión de formas de convivencia efímeras.

La Historia, como magistra vitae, nos lo recuerda siempre. En el pasado los regímenes colectivistas intentaron construir un mundo sin familias, y fracasaron estrepitosamente. Y en el presente la ideología de género aparece como la clave en la desvalorización contemporánea de la Familia natural, buscando alternativas incapaces de ayudar al individuo aislado para afrontar dignamente un contexto de escasez. Ante los estragos morales y materiales de la crisis, el hombre y la mujer recurren siempre, tarde o temprano, a su hogar, a su Familia, naturalmente.

b)      La Familia natural: realidad, libertad y esperanza.

El siglo XXI nos habla de la “Familia sostenible”, desde el matrimonio fundado en la lógica complementariedad sexual y la imprescindible apertura a la vida, aunque su eco no sea siempre escuchado. Pero el silencio de lo familiar también nos dice muchas cosas; nos habla de la soberbia de un estatismo mal entendido y de un mercantilismo mal diseñado. “La muerte de la Familia”, como apuntaba Mark Steyn, era el objetivo para acabar con uno de los pocos elementos que humanizaba el debate individualista entre Estado y Mercado. Ya no existirían padres y madres, solo progenitores numéricos; tampoco maridos y mujeres, solo cónyuges indefinidos; ni siquiera diferenciación de sexos, sino géneros múltiples; y nunca más matrimonios estables, solo “parejas” temporales, diversas. Un escenario desértico para el futuro de la Política social.

Pero hay algo más para nuestro bienestar que las necesarias prestaciones, que los reivindicados derechos, que las difundidas tendencias; hay una vida, un matrimonio y una Familia sin los cuales todo es relativo, temporal. La realización de los fines de la Política social lo demuestra siempre: alcanzar la Justicia social (en sentido formal), el Bienestar social (en sentido material) y el Orden social (en sentido legal) solo es posible con Familias protegidas por el Estado, jurídica y económicamente.

Veritas liberabit vos. La Familia es la verdad enraizada, como hemos visto, en la historia, y demostrada por la misma ciencia social. Su significado nos remite a una institución y a un símbolo, a un refugio y una aspiración; más allá de la mediatizada “familia contractual”, contingente y subjetiva, tal como nos recuerda Carlos Martínez de Aguirre. “Quienes intenten debilitar a la familia, contribuyen a debilitar la paz” nos dice Antonio Rubio Plo. Ante ciertas ideas y políticas sociales antifamiliares en Occidente, tanto en tiempos de bonanza (ingeniería social individualista) como en época de crisis (recortes de la asistencia comunitaria), Carlos Seco mostraba la necesidad de devolver a la Familia natural el papel estructural y vertebrador de la sociedad que tiene por propia esencia, y que nunca debe sustituirse por artificios ideológicos. En ella es donde se aprende a ser hombre y mujer, a relacionarse y a compartir, donde se experimenta la grandeza de la maternidad y la paternidad. Es en ella donde se da ejemplo de la verdad, del amor, del compromiso, de la fidelidad y de la solidaridad:

“La familia es el lugar en el que el hombre encuentra la razón de vivir. En ella se aprende a dar la propia vida por lo demás. En la familia se crean y fomentan lazos de afectividad. Se aprende a reconocerse en su propia dignidad e identidad. Es en la familia donde el hombre es amado por sí mismo y no por sus capacidades físicas o intelectuales. Es reconocido como persona humana desde su concepción hasta su muerte natural, y es donde se aprende a proteger la vida”.

No existen familias idílicas, ni en su funcionamiento interno ni en el cumplimiento de sus funciones. Nada más lejos de la realidad. Pero siempre ha existido un modelo, un referente; podíamos extraviarnos del camino, pero siempre encontrábamos el camino a casa. Solo una Familia natural, en la que deberíamos nacer y morir, nos puede guiar a ser mejores y mejorar la sociedad. Por ello, apostar por ella no supone coaccionar la libertad propia de cada ciudadano. Es una apuesta segura, como hemos visto, frente a otras opciones de libre convivencia que, aunque atractivas, no aportan lo mismo, como recuerda Norma Mendoza Alexandry. Debe ser, pues, un derecho específicamente protegido y reconocido, tal como recogíala Declaraciónuniversal de los Derechos humanos, cuando afirmaba que

 “todos los hombres y las mujeres, a partir de la edad núbil, tienen derecho, sin restricción alguna por motivos de raza, nacionalidad o religión, a casarse y fundar una familia, y disfrutarán de iguales derechos en cuanto al matrimonio, durante el matrimonio y en caso de disolución del matrimonio” (art. 16).

In Libertatem vocati.La Familia es la escuela de la libertad. En ella aprendemos a ser libres desde la responsabilidad, la solidaridad y el compromiso. Con libertad creamos una Familia, y en esa creación aprendemos a cómo usarla, a compartirla con nuestros hermanos, a respetar a nuestros padres. Comprendemos allí que solo la libertad ligada a la responsabilidad nos hace auténticamente libres, que nuestros actos conllevan consecuencias. Una libertad que necesita de medidas claras de protección como:

-          La aprobación global del salario familiar, como medio constante para evitar la exclusión social (Alan C. Carlson).

-          El reconocimiento jurídico específico de la Familia natural, así como de sus funciones sociales, culturales y económicas básicas (Ignacio Arsuaga).

-          La autonomía efectiva de las comunidades naturales, desde el devolucionismo estatal y la apertura de las vías representativas y participativas en la vida política (Foro mundial de las Familias, 2006)

-          La reivindicación de la dignidad de lo familiar en el sistema educativo y en los medios de comunicación social (Mons. Reig Pla).

-          Un sistema educativo que transite de la ciudadanía nacional hacia la civilidad fundada en virtudes comunitarias (Amitai Etzioni).

Spe salvi. La Familia natural es la esperanza. Una esperanza ante la crisis social de nuestro tiempo, que pone nuevo sobre la mesa la interrelación siempre inadvertida entre derechos y responsabilidades en la gestión y sostenibilidad del Estado del Bienestar. Los derechos sociales, constitucionalmente reconocidos, son papel mojado sin familias que los financien y sin familias que los ejerzan responsablemente; porque no parece lógico reclamar sin ofrecer, pedir sin dar, disfrutar sin compartir.

El desarrollo social, humano e integral, necesita esta “esperanza familiar”, que se demuestra cada día ante los estragos de las recurrentes crisis económicas y políticas. Asume la responsabilidad primordial de la formación y socialización de los menores, colaborando con la educación pública cuando los recursos escasean; inculca los valores de ciudadanía y pertenencia a una sociedad, buscando tanto el mérito y la capacidad, como la solidaridad con el prójimo; proporcionan atención y apoyo material e inmaterial a sus miembros, ya sea a los niños, a las personas mayores o a quienes padecen una enfermedad, protegiéndoles de la adversidad de la mejor forma posible.

Una Política social que no apoya decididamente las tareas de protección social que cumplen las familias es, básicamente, inviable. En tiempos de amplia incertidumbre y vulnerabilidad, sentidas y medidas, una Familia deslegitimada legal y caricaturizada culturalmente, vuelve a asumir de manera natural e inevitable el regreso al hogar del Individuo, la financiación del Estado, y la supervivencia del Mercado. Ésta es la misión esperanzadora de la Familia natural, de las personas a las que forma, de la vida que genera y cuida, del matrimonio complementario que la funda, y del Bienestar que solo ella puede garantizar. Porque como nos enseñó Emmanuel Mounier “cuando los hombres no sueñan ya con catedrales, no saben tampoco hacer buhardillas”.