Mujeres cristianas de Pakistán, aferradas a la fe: "Solo me queda llorar y rezar"

Mujeres cristianas de Pakistán, aferradas a la fe: "Solo me queda llorar y rezar"

Daniel Gerber recoge en un libro valientes testimonios de estas mujeres cristianas
Como Asia Bibi, las mujeres cristianas son víctimas de la 'ley negra' sobre la blasfemia
Con mil dólares compraron para un matrimonio forzado a María: a los 15 años, convertida en esclava a fuerza de golpes
"Solo me quedaba llorar y rezar"

Mil dólares: es el valor de una cristiana como esposa-esclava en Pakistán. Nadie está dispuesto a creerlas cuando denuncian las imposiciones que padecen a golpes. Ellas se aferran a Cristo.

REDACCIÓN HO.- María tenía 15 años cuando cayó en la trampa que cambiaría su existencia. Estando sola, el marido de su tía llamó a la puerta de su casa en la localidad paquistaní de Lahore (donde vivía tambien Asia Bibi con su familia hasta ser encarcelada y condena a muerte por mantenerse en su fe cristian). Le ordenó que lo acompañara a Gujranwala: tenía que ayudar durante unos días a su mujer, enferma y cercana al parto. Mientras la puerta se cerraba a sus espaldas, María no sabía que estaba diciendo adiós a sus padres, hermanos, al colegio, a la fe cristiana en la que había crecido.  En una palabra: a su vida.  

Una cristiana se compra con 1000 dólares

Durante más de dos años, la adolescente se vio obligada a ser otra: la esposa islámica de un hombre que le doblaba la edad. La madre de sus hijos. La esclava humillada de su clan. No digna ni siquiera de compartir las comidas con la familia adquirida. Forzadamente.  El consentimiento de María no estaba contemplado en el acuerdo llevado a cabo entre los familiares del esposo y los tíos.  Con 80.000 rupias (aproximadamente mil dólares), los familiares de su esposo forzado se habían adjudicado el derecho de disponer de la muchacha.  Poco importa que los certificados de nikah (matrimonio, en urdu) y la conversión se le impusieron a María con el sonido de los golpesNadie estaba dispuesto a creer a un cristiano. Mucho menos la policía: María había elegido - no importa cómo - la religión musulmana, el "derecho" a los ojos de la mayoría. "Ahora - dice - lo único que me quedaba es rezar y llorar".

El testimonio que ofrece el diario italiano Avvenire se suma al caleidoscopio de historias de valor femenino recogidas por el activista en favor de los derechos humanos Daniel Gerber, que se sufren en un Pakistán perturbado por la intolerancia hacia las minorías religiosas, especialmente hacia los cristianos, rehenes de la “ley sobre la blasfemia”, conocida como “ley negra” por sus nefastas consecuencias para quienes la padecen. Una dolorosa realidad de persecución religiosa en pleno siglo XXI que se describe gráficamente en esa frase que da título al libro de Gerber, publicado enediciones Pauline,  Non mi rimaneva che pregare  e Piangere. Donne cristiane in Pakistan (No me queda sino rezar y llorar. Mujeres cristiana en Pakistán)

El horror de "ley negra"

El artículo 295 del Código Penal paquistaní castiga con la cárcel, e incluso con la muerte, a todos los que son acusados de ofender a Mahoma. Es el caso de Asia Bibi, encerrada desde hace más de 1.600 días en un celda, condenada a muerte, amenazada, sin haber cometido otro "crimen" que haber ofrecido agua a unas vecinas islámicas. Asia Bibi es mártir de esta ley infame: basta una acusación – infundada la mayoría de las veces – para hacer que cristianos, ahmadíes (movimiento reformado dentro del islam separado del fundamentalismo pero al que  a gran mayoría de los musulmanes tradicionales consideran apóstata y hereje,  por lo que sufren persecución religiosa en muchos países) e hindúes terminen en una celda o en el patíbulo. De los cerca de mil incriminados desde 1986 – cuando la ley fue instituida –, casi todos son inocentes.  Ni siquiera el ser absuelto es, sin embargo, garantía de seguridad: en 25 años, al menos 40 "blasfemos" han sido masacrados por multitudes furiosas después de ser liberados. Desgraciadamente, la ley se utiliza como un espectro para regular venganzas, envidias, disputas ligadas a la propiedad de la tierra. 

En un contexto social profundamente injusto, que ha heredado del sistema de castas de la India una escasa movilidad, las minorías, en general, son relegadas a los márgenes de la vida civil y la "ley negra" se ha transformado en el principal instrumento para garantizar que permanezcan en esos márgenes. «Las mujeres son discriminadas dos veces. Per se – según los antiguos cánones de la cultura tribal, valen menos que los hombres. Y, por tanto, valen menos incluso que los hombres de las minorías, considerados de todos modos inferiores», explica Gerber a “Avvenire”.

Esclavas con fe y con voz

Sin embargo, la violencia – institucionalizada como sistema y perpetrada con la complicidad manifiesta o indirecta de las autoridades – no ha doblegado ni a María, ni a Teena, ni a las otras "invisibles" mujeres narradas por el autor suizo. Experto en derechos humanos y en temas de persecución religiosa, Gerber se encontró casualmente con la voz sofocada de las cristianas de Pakistán gracias a Tamaras. 

«Era una adolescente, y como gran parte de las muchachas de las familias más humildes estaba obligada a trabajar como criada para un rico musulmán – explica el autor –. Éste la violaba repetidamente. Y cuando ella decidió denunciarlo, ningún tribunal quiso escucharla. Entonces, esto es algo de hace unos diez años, la ley (que ahora ha sido modificada en parte) era clara: para demostrar la violación por parte de un islámico, una mujer no musulmana debía aportar el testimonio de cuatro buenos creyentes en Alá. Increíble, ¿no? Cuando leí su historia, decidí profundizar este tema». Así, Gerber partió hacia la "tierra de los puros" – este es el antiguo nombre de Pakistán –, para descubrir a sus ciudadanas olvidadas. 

Testimonios de fe y de lucha

Allí, en las oficinas del Center for Legal Aid Assistance and Settlement (Claas) de Lahore, fundado por el activista en favor de los derechos humanos Joseph Francis, recogió los testimonios. Escuchó decenas de historias dramáticas y, de no ser tragicamente reales, propias de la mente más surrealista. Conoció decenas de rostros sufrientes, pero nunca resignados. Rostros de mujeres que no quieren perder la esperanza y han decidido luchar contra sus verdugos con una única arma: la oración.  «En Occidente, esto es difícil de comprender para algunos. La fe de los cristianos y de las cristianas de Pakistán es conmovedora. Son capaces de sentir la presencia de Dios también en los momentos de peor sufrimiento. Y esto les da la fuerza para no rendirse».

Es el caso de Teena, "convertida" mediante el engaño de su amiga más querida y cedida por la familia de ésta al violento Qaiser. Gracias un momento de distracción de éste, consiguió escapar y fue obligada a vivir en clandestinidad para no comprometer a sus padres

O también el de María que, después de un largo infierno, huyó del "marido dueño" con un niño en brazos y otro en su seno, sin ni siquiera el dinero para coger un medio de transporte. Llegó al Claas como víctima para convertirse, después, en punto de referencia para las otras muchachas, a las que es capaz de regalarles su afecto y una sonrisa a pesar de tener el corazón hecho añicos por los hijos que el marido ha conseguido arrebatarle.  «He aprendido que los fardos se pueden encomendar a Jesús. He experimentado su liberación», cuenta.

Estas extraordinarias mujeres, que Gerber retrata apasionadamente, se convierten así en el emblema de un país que es capaz todavía de salir de la jaula ideológica del fundamentalismo.