#9del6alas6: Deudores de quienes dieron su vida por todos, jamás dejaremos de luchar por la Justicia

#9del6alas6: Deudores de quienes dieron su vida por todos, jamás dejaremos de luchar por la Justicia

Hablan las víctimas:  María José́ Rama, viuda del cabo primero de la Guardia Civil Juan Carlos Beiro, asesinado por ETA el 24 de septiembre de 2002. 

REDACCIÓN HO.- Tras el minuto de silencio y depositar una coronal de laural en memoria de todas las víctimas del terrorismo, al son del Himno de los ausentes caídos por España, es el turbo del testimonio de las víctimas. Rota por la emoción, pero reconfortada con los aplausos de los miles de presentes cada vez que con la voz rota y lágrimas en los ojos se tomaba un respiro, este ha sido su impresionante testimonio:

Hola soy María José́ Rama, viuda del cabo primero de la Guardia Civil Juan Carlos Beiro, asesinado por ETA el 24 de septiembre de 2002. Os agradezco a todos los que estáis aquí, que un día como hoy nos estéis acompañando. Para nosotros es muy importante, de verdad.

Cumpliendo una promesa Juan Carlos y yo nos casamos por la Iglesia el uno de mayo de 1996 en el salón de actos de la academia de la Guardia Civil de Baeza, fue el páter de dicha academia y delante de la Virgen del Pilar, como patrona nuestra, donde juramos por segunda vez sernos fieles, puesto que cuatro años antes ya lo habíamos hecho por el juzgado. Era una promesa y como tal había que cumplirla... “Si logro ingresar en el cuerpo de la Guardia Civil... nos casamos por la Iglesia, María José́...” así me dijo mi marido cierto día... Formamos una familia con la llegada de Carlos y Cristina, dos preciosos mellizos a los que siempre intentamos educar en valores y principios. Éramos felices, no nos faltaba nada, teníamos amor, compañía, apoyo. Así lo sentíamos los dos, yo siempre con él y él siempre conmigo.

La vida nos cambió al tener que mudarnos a Pamplona, nos fuimos con destino forzoso y con mil incógnitas. A los niños teníamos que aleccionarlos para que no dijeran a nadie cuál era el trabajo de su padre. Papá está estudiando en la biblioteca, montando en bici... en la oficina... “Papá, hijos míos, ya nos es Guardia Civil”, le explicábamos a dos niños de corta edad, cinco añitos inocentes.

Juan Carlos amaba España y por eso decidió pertenecer a la Guardia Civil, es por ello que pidió como destino la localidad de Leitza y desarrollar allí su labor, donde él sentía que hacía más falta. Allí pudo ver en primera persona la vida que se llevaba en el pueblo gobernado siempre por los etarras, viendo tanta injusticia... Pero él siempre encontraba un motivo para seguir luchando, precisamente defendiendo los derechos de los ciudadanos y la libertad de todos los españoles.

Pocos días antes de que lo mataran, con todo el entusiasmo que siempre derrochaba y que ponía en hacer las cosas, estaba preparando la fiesta del Pilar, patrona de la Hispanidad y siempre celebrada en armonía por los compañeros. Pincheo en el cuartel, invitaciones para la gente del pueblo, incluso se había reunido con el párroco de Leitza para acordar el horario de la misa de dicha fiesta. Éste se encontraba en su huerto y como buen católico y apostólico, por decirlo de alguna manera... se negó́ a oficiarla. “Este cura no quiere oficiar la misa del Pilar, pone mil trabas, pues se va a fastidiar, pero la va a dar”, así me decía mi marido y así́ era con las causas justas que le movían a seguir con su trabajo y a ayudar a todo aquél que se lo pidiera y estuviera en su mano.“ La justicia al final aparece, no te puedes quedar callado, hay que moverse, eso pensaba. Como comprenderéis yo a veces me enfadaba: Carlos ten cuidado, le decía... y él me tranquilizaba.

La vida era complicada pero los niños no se podían dar cuenta, así que había fines de semana que no trabajaba pero tampoco podía coger el coche por cuestión de seguridad. Si lo aparcabas en la calle, qué casualidad mamá que siempre se te caen las llaves justo antes de abrirlo, me decían los niños; si vas al parque ¡¡¡¡OJO¡¡ con quien te sientas y con quien hablas... etcétera. Así́ transcurrían los días de nuestra preciada vida. Dejaba a los críos en la fila del colegio sobre las nueve de la mañana de lunes a viernes, y me dirigía a mi trabajo de media jornada, les daba un beso de despedida y a la vez que me alejaba seguía mirando hacia atrás comprobando que allí́ estaban todavía... A la una del mediodía salía del trabajo y de una carrera llegaba a recogerlos al patio del colegio.

Ese maldito 24 de septiembre comimos, como era habitual, en la cocina los tres: Carlos, Cristina y yo. Los niños siempre esperaban a que llegara papá viendo la  televisión en el salón y yo con las tareas de la casa. Cuando suena el teléfono....y me dicen que algo le ha pasado a Carlos... yo me cierro de mente, ignoro la realidad, pregunto y pregunto “¿qué le ha pasado, qué le ha ocurrido?” Miro el reloj y me lo imagino conduciendo de camino a casa por esa carretera de curvas y precipicios teniendo un accidente...  En pocos minutos mi casa se llenó de compañeros y sus mujeres, nadie me decía nada, lloraba y los miraba a los ojos intentando averiguar qué ocurría, qué pasaba, pero a la vez sin querer escuchar nada malo, pregunto y pregunto, chillo y pido a Dios que por favor no le haya pasado nada grave, que sea una pierna, un brazo... que esté vivo por Dios!!!!

Entran mis hijos a la cocina y jamás se me olvidará la mirada de Carlos y Cristina, esos ojos clavados en mí sin hablar... pasó un rato hasta que vinieron a buscarme y a confirmarme lo que yo jamás hubiera querido escuchar en mi vida... “Le tenemos que comunicar que su marido ha sido asesinado”, me dijeron. Yo me derrumbé, entré en shock mental y no podía ni moverme de la silla en la que  me senté́... fue durísimo.

Ese día y el siguiente me medicaron con tranquilizantes para que aguantase, aún así́ me negué́ a que los políticos tuvieran presencia, les eché a todos, les dije que no me hacían falta allí... renegaba de la medalla al mérito que me quería imponer el Ministro del Interior... sólo me salían improperios contra ellos. Días después el Ministro del Interior, Ángel Acebes me hizo entender que desgraciadamente, ya era lo poco que podían hacer por mí y mis hijos, pues devolverme a mi marido era imposible. Y tan imposible que ni yo me podía creer que no lo iba a volver a ver más, que jamás lo abrazaría y que nunca le daría uno de sus buenos consejos a los críos, a sus hijos, a lo que más quería... Lo habían asesinado sin motivo... No me lo podía creer... Se me vino el mundo encima, todo cambia de color,  de ser inmensamente felices pasas a que todo te causa dolor y dolor... Fueron muchas las veces que tuve que salir corriendo para que mis hijos no me viesen llorar, cada decisión, cada tarea, cada levantar, cada cerrar de ojos te cuesta un esfuerzo tan grande que lo que deseas es morirte tú también y acabar con ese dolor. Pero tenía dos niños de casi seis años a los que no quería ver sufrir ni hacer daño. Tenía que seguir hacia adelante, por ellos, ellos eran mi único motivo para seguir con fuerzas, mi único aliento.

Tenía que ir a recogerlos a casa de sus abuelos, había que enfrentarse a la cruda realidad y contarles que papá ya no estaba, que ya no lo volverían a ver nunca más... Yo, aconsejada por el psicólogo, sabía que tenía que decirles que había sido un accidente de tráfico para que no fuera tan traumático... Jamás pensé que tiempo después ellos me iban a contar que aquel día aquel 24 de septiembre, cuando estaban en el salón viendo la televisión, como cada día, esperando a papá, habían visto la fotografía de su padre en una interrupción de la programación habitual para dar la noticia de que un Guardia Civil, su padre, había sido asesinado. Yo, explicándoles que había sido un accidente de coche en una glorieta y ya tenían en su cabeza la fotografía de su padre en las noticias. Se enteraron incluso antes que yo de lo que había ocurrido. Lo que pasó por sus cabecitas en ese momento ni lo sé ni jamás lo sabré́… Eran muy pequeños..., tenían cinco años para seis.

 Ahora tienen quince, su padre sigue presente en sus vidas, pues ya me encargo yo de que no lo olviden, así como de transmitirles sus valores, los que me enseñó, por los que luchó y lo que defendió,́ que no fue ni más ni menos que los derechos de todos nosotros, de todos los españoles, veló por la paz y la seguridad e hizo que se cumpliera la ley hasta aquel trágico 24 de septiembre en el que recibió un aviso de que en un descampado junto a la carretera habían colocado una pancarta enorme en la que se podía leer en vasco "Guardia Civil muere aquí" con los símbolos de ETA. La patrulla se dirigió a retirarla, sin embargo, aquella pancarta resultó ser una emboscada. Cuando mi marido y su compañero se encontraban a pocos metros, los terroristas activaron con un mando a distancia los 15 kilos de dinamita que habían escondido tras esa maldita pancarta. La metralla impactada le causó heridas tan graves que le produjeron la muerte en la ambulancia de camino al hospital.

El año pasado, el 10 de agosto, en el chupinazo de las fiestas de Leitza, el pueblo donde mi marido prestaba servicio y lo mataron... en la Plaza del Ayuntamiento, a rebosar de gente, cinco encapuchados homenajearon a los presos etarras y asesinos alzando una pancarta en la que decía “NO ESTAMOS TODOS” la cual colocaron a modo de bandera en la fachada del Ayto. en ausencia, precisamente, de nuestra bandera de España... Mi indignación, mi frustración e impotencia al ver la noticia fue empezar a llamar en primer lugar a mi querida amiga Mamen. Claro que no estaban todos en esa plaza, claro que no, faltan muchos, todos los que ellos han matado, todos los que ellos han asesinado a sangre fría como a mi marido. Por eso el aniversario del año pasado de la muerte de mi marido fue aún más emotivo, pues nos acompañaron victimas de toda España portando fotografías de mi marido, a cara descubierta, y con la bandera de España homenajeando a quien sí se lo merece, a quien defendió́ y dio su vida por cumplir las normas, porque no sabía vivir de otra forma, por ser honesto y hombre de bien, porque siempre será PALOMA DE LIBERTAD, para todos los que le quisimos... JUSTICIA se leía en cada fotografía... y así lo haré hasta que aparezcan los asesinos de mi marido, se les juzgue y paguen con la pena máxima de cárcel que les caiga, hasta que aparezcan y les podamos poner cara. No descansaremos, ni mis hijos, ni su familia, ni yo.

En estos casi diez años, las víctimas del terrorismo hemos sido lastimadas, ignoradas, menospreciadas y hasta insultadas por el propio Gobierno de forma directa o indirectamente, me da igual, pues se piensan o creen que la condición de víctimas del terrorismo impuesta por los asesinos nos exime de tener criterio propio como ciudadanos españoles que somos. Y no llegan a comprender desde su trono que jamás, jamás dejaremos de luchar hasta que se haga justicia, porque nos mueve mucho dolor y la ausencia de los seres más queridos que nos arrebataron sin sentido.

Con todo esto que os he contado, no es mi idea y nunca he querido dar lastima... Creo que siempre he tenido fortaleza y he tirado hacia adelante sola, haciendo lo mejor que he podido y he sabido en cada momento, sin dar pena a nadie, sino que lo hago porque me duele el corazón ver tanta injusticia de pensar en él. Me siento en deuda con mi marido, porque él lo haría todo por nosotros y llegaría hasta el final de la banda asesina, hasta verlos derrotados por completo. Aquél día en la pancarta se podía leer “Guardia Civil muere aquí”, y efectivamente, asesinaron a un buen Guardia Civil, a un maravilloso padre, a un buen hijo y hermano, y sobre todo, al amor de mi vida. Y por él y mientras viva siempre pediré JUSTICIA. Muchas gracias.

 

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