"Se nos exige tolerancia absoluta para permitir una cultura hostil a nuestros principios"

"Se nos exige tolerancia absoluta para permitir una cultura hostil a nuestros principios"

«<a href="../../../../../../../../node/32246">Obama, a favor de la mezquita en la zona cero</a>»

ABC/HERMANN TERTSCH.- ¿Por qué hay que construir una mezquita precisamente en el epicentro de un infinito dolor causado en nombre de la religión que allí se propagará? Precisamente por eso, dice el alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg. Para crear puentes entre oriente y occidente y entre las religiones, asegura. Y añade que los derechos constitucionales y la libertad religiosa abogan por este proyecto, pese a que más de la mitad de los neoyorquinos y bastante más de la mitad de los norteamericanos rechazan el mismo.

En realidad nadie ha dicho que sea inconstitucional —solo faltaría—, sino que es inadecuado, hiriente para millones y que está, nunca mejor dicho, fuera de lugar. Que muchas víctimas lo consideren ofensivo debería bastar para replantearse este proyecto.

El anuncio de la construcción de un monasterio carmelita en el terreno del campo de concentración de Auschwitz en los años ochenta del pasado siglo generó tal rechazo en la comunidad judía internacional que Juan Pablo II ordenó su suspensión precisamente para no herir susceptibilidades, para evitar un dolor gratuito.

Bloomberg, judío él, seguramente consideraría adecuado dicho gesto en aquel entonces. Ahora, sin embargo, con el Islam implicado, parece decidido a utilizar otro baremo.

Otra cuestión que se plantea en Manhattan, como en la construcción de centenares de mezquitas en todo el mundo occidental, es el de la financiación y la consiguiente obediencia religiosa y política de sus responsables. En Manhattan los promotores son oscuros personajes relacionados en su día a grupos radicales islamistas, y nadie duda de que el dinero, nada menos que cien millones de dólares, llegará de los países que promueven un Islam radical y nada dispuesto a compromisos en la enseñanza doctrinaria que impartirán a los jóvenes musulmanes norteamericanos.

La cabeza visible del proyecto, el imam Feisal Abdul Rauf, es uno de esos personajes tan característicos entre los islamistas llamados moderados y formación occidental que utilizan hábilmente un doble lenguaje dependiendo de la audiencia del momento. Y más allá de la polémica localización, se plantean serios interrogantes sobre la utilización posterior del complejo que albergará la mezquita.

¿Se respetará en los gimnasios, piscinas y los centros culturales la igualdad de géneros, esa sí precepto constitucional? ¿Se permitirán arengas a favor de la destrucción de Israel en la mezquita y las aulas anejas? ¿Y habrá sitio para reuniones de jóvenes en las que se promueve el alistamiento para grupos terroristas en Pakistán o Cachemira, como ha sucedido una vez más en la mezquita cerrada en Hamburgo la pasada semana? ¿Quién vigilará las clases y oraciones para que no se haga allí apología de quienes son innegablemente los que hicieron posible la existencia de esa mezquita, que no son otros que los terroristas del 11-S?

Nadie podrá evitar que muchos norteamericanos, pero también muchos musulmanes en todo el mundo, radicales o no, vean en la mezquita de Manhattan un símbolo del avance del Islam por Occidente. Este avance, se quiera ver o no, lo hicieron posible unos jóvenes islamistas que estrellaron los aviones y sacrificaron sus vidas y las de casi tres mil inocentes. Y nadie podrá evitar que muchos entiendan la mezquita como un monumento en el campo de batalla mismo a los terroristas islámicos que humillaron allí a Estados Unidos y a todo Occidente.

Será para ellos un monumento de conquista, una simbólica «pica en Flandes» que hicieron posible unos asesinos o unos mártires. Porque en el vínculo inevitablemente imperecedero entre el ataque terrorista del 11 de septiembre y la gran mezquita se verá, quiera Bloomberg y los biempensantes o no, el triunfo póstumo de los pilotos de los aviones asesinos. Nadie podrá evitar que esta inmensa mezquita en aquel lugar sea para muchos occidentales más un símbolo de avasallamiento que de encuentro.

Hasta la Liga Antidifamación, que lucha desde hace muchas décadas contra todo tipo de discriminación religiosa, ha advertido de que el proyecto puede romper más puentes de los que pretende construir. Pero la corrección política se ha impuesto de nuevo y el proyecto ha sido definitivamente aceptado.

Como no podía ser de otra forma, el presidente Barack Obama se adhirió a esta causa. Los que se sientan ofendidos han sido condenados a mostrar esa inmensa tolerancia que siempre se les exige a los ciudadanos occidentales cuando han de aceptar en su entorno la práctica y la promulgación de mensajes muy lejanos a su concepto de tolerancia. Mientras algunas sensibilidades son intocables y merecen toda protección, otras —siempre las mismas— han de sacrificarse en aras de una tolerancia que nunca goza de reciprocidad cuando del Islam se trata.

En todos los países de Occidente reclaman los musulmanes un trato especial, y en todos acaban recibiéndolo. En todos plantean retos a los límites de nuestras leyes, y en todos arrancan concesiones de los poderes públicos. En una dinámica general de expansión geográfica y cultural que es, con la supremacía total como objetivo final, el deber de todo musulmán comprometido con su fe y su libro sagrado.

No es sólo un problema de la sensibilidad de los neoyorquinos. Lo es de todos los que cada vez se sienten más preocupados ante el aún larvado pero inevitable conflicto entre el mensaje islámico y los sistemas constitucionales occidentales y los valores y principios que éstos reflejan. También es muy nuestro el problema.

Porque, se me olvidaba, ¿saben cómo se llamará la mezquita de Manhattan, todo el inmenso complejo proyectado en corazón de la península más tolerante del mundo que es «la gran manzana»? La mezquita, construida como todas para la mayor gloria del Islam y su triunfo final sobre los infieles como fe única en el único dios, que se erigirá en lo que el radicalismo islamista considera el campo de batalla más glorioso de su guerra santa contra Occidente, se llamará, no puede extrañar a nadie, Córdoba.