Marcos Ana, otro ídolo de la izquierda cuyo mito salta en pedazos

Marcos Ana, otro ídolo de la izquierda cuyo mito salta en pedazos

En un excelente reportaje, ALBA nos descubre la verdadera historia de este poeta mitificado como preso franquista por quienes más alardean de pacifismo -desde los de la ceja, al Gobierno de Zapatero o al vasco-: un militante de las JSU acusado de participar activamente, con 16 años, en tres asesinatos: el  de un militante de la derecha, un sacerdote y un labrador que no ocultaba su religiosidad.

REDACCIÓN HO / ALBA.- El semanario  ALBA publica en su último número (desde ayer en los kioscos) un reportaje de gran interés en tiempos en lo que es muy necesario refrescar la auténtica memoria histórica: fruto de la investigación documentada, nos muestra el verdadero pasado de Marcos Ana, pseudónimo de Sebastián Fernando Macarro Castillo. Poeta mitificado y "canonizado" por la izquierda por su tiempo en prisión durante el régimen  franquista, ha sido recientemente ensalzado por el Ministerio que preside Celestino Corbacho con la medalla del Mérito al Trabajo y por el Gobierno vasco: en enero de este año fue Patxi López quien le concedió el Premio René Cassin:

también ha sido festejado por los de la ceja: su cumpleaños fue celebrado con una fiesta en el Círculo de Bellas Artes por la "gauche divine”, y es cortejado cinematográficamente por Almodóvar, el pacifista director que ahora se plantea hacer una película sobre su vida. Incluso la Fundación Abogados de Atocha, que alienta el recuerdo de los juristas del PCE asesinados por un grupo ultraderechista, le otorgó un galardón. A quien podría tener en su pasado huellas de sangre.

La desmitificación llega de manos del reportaje de ALBA, que nos descubre la realidad sobre este ídolo de barro: un comunista acusado de participar directamente con 16 años, siendo militante de las Juventudes Socialistas Unificadas de Alcalá de Henares, en el asesinato de tres personas –un sacerdote, un cartero militante de la derecha y un labrador sin filiación política aunque de probada religiosidad.

Marcial Plaza Delgado, Amadeo Martín Acuña y Agustín Rosado son los tres nombres que revolotean en torno al nombre de este iconos de la izquierda española: Un hombre que pasó veintidós años de prisión durante el franquismo, de mayo de 1939 a noviembre de 1961, y cuya causa, según su versión, tiene que ver con motivos políticos y de conciencia.  No obstante, la causa de su internamiento carcelario tendría mucho más que ver con los tres nombres mencionados antes que con sus ideas.

En el reportaje de Alba, José R. Barros cuenta cómo en el Archivo Histórico de la Defensa hay documentos en los que se señala la participación - "tomó parte directa"- de Marcos Ana en el asesinato de Plaza, Martín y Rosado en los primeros momentos de la Guerra Civil en la localidad madrileña de Alcalá de Henares. Por aquél entonces el poeta era responsable de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU) alcalaínas. Más tarde ingresaría como miliciano en el batallón Libertad.

Los informes señalan que Plaza, de 41 años, era sacerdote. Martín, de 24 años, ejercía como cartero y militaba en Acción Popular. En cuanto a Rosado, de 45 años, era un labrador sin filiación política aunque de probada religiosidad. Esos mismos papeles indican que Macarro fue condenado a muerte en 1943 pero al ser menor de edad en el momento de los hechos se le conmutó la pena por la de treinta años de prisión. El decreto de 12 de octubre de 1945 que indultaba a los encarcelados que no tuvieran delitos de sangre no le afectó. En 1954 el Consejo Supremo de Justicia Militar le negaba otro indulto señalando que "tomó parte en profanaciones, detenciones y asesinatos de personas de derechas".
Según el reportaje de dicho semanario, no fue hasta 1961 la fecha en que Marcos Ana pudo beneficiarse de una amnistía decretada por Francisco Franco para todos los presos con más de veinte años de condena por hechos relacionados con la Guerra Civil. Su puesta en libertad armó cierto revuelo y pueden encontrarse varios testimonios en la prensa de familiares de los tres asesinados al respecto.
De hecho, sus memorias, Decidme cómo es un árbol, publicadas en 2007, pasan de forma superficial por dicho periodo, el de la Guerra Civil. Tampoco ha vuelto por Alcalá de Henares, según su testimonio, para evitar provocaciones.
Este reverso vidrioso de Marcos Ana apenas era conocido.Por su interés, reproducimos el fruto del excelente reportaje de ALBA esta semana, que los lectores podrán leer ampliado en su edición impresa.

La Caja 127

Un edificio situado en el número 3 de la calle Noviciado de Madrid custodia el Archivo Histórico del Partido Comunista Español. Allí se guarda la Caja 127; un gruesa carpeta  donde “El Partido” alberga los dosieres de sus poetas más famosos: Alberti, Machado o Guillén, entre otros.

El material: recortes de prensa, manifiestos y diversas convocatorias a actos políticos o literarios. Dentro de la caja hay un expediente que destaca por su grosor. En la portada, un nombre desconocido: “Marcos Ana”. Las noticias, cartas y prólogos aquí recopilados aclaran el misterio. “Marcos Ana” es el seudónimo de Sebastián Fernando Macarro Castillo.

Macarro es un rapsoda marxista de la post-guerra que, sin aparecer en ninguna antología poética de la época, hoy en día, a sus 90 años, goza de cierta fama por haber pasado 22 años en prisión de forma ininterrumpida dentro de las cárceles franquistas, de los 19 años a los 41, o lo que es lo mismo; de mayo de 1939 a noviembre de 1961.

Sin embargo, la falta de reconocimiento literario de Macarro no impidió que se entregase a una intensa actividad propagandística tras su puesta en libertad: conferencias y viajes por Europa e Hispanoamérica, actos de protesta en Francia, campañas mediáticas contra la dictadura... Macarro, desde 1961, se presenta como alguien que estuvo encarcelado por motivos de conciencia.

Donde guardan otro dossier sobre el poeta es en el Archivo Histórico de Defensa. El Gobierno ha centralizado en este registro gran parte de los expedientes judiciales instruidos desde finales de la Guerra Civil por los distintos juzgados militares territoriales. Y con el número de causa 120.976 se encuentra el expediente de Macarro.

En dicho dossier se pueden leer los motivos de su condena: como secretario de las Juventudes Socialistas Unificadas en Alcalá de Henares y jefe de un grupo de milicianos dentro del Batallón Libertad, “tomó parte directa” en el asesinato de Marcial Plaza Delgado el 23 de julio de 1936 y en el asesinato, el 3 de septiembre del mismo año, de Amadeo Martín Acuña y de Agustín Rosado.

Plaza, de 41 años, era cura. Martín era un cartero de 24 años que militaba en Acción Popular y Rosado era un labrador de 45 años sin filiación política pero de reconocida religiosidad. Macarro fue condenado a muerte en 1943. Por ser menor de edad durante la contienda le conmutaron la sentencia por la inferior en grado: 30 años de prisión.

En el expediente hay registradas varias peticiones de indulto que el poeta, a lo largo de sus 22 años de cárcel, fue enviando a las autoridades judiciales. En una de 1952 reconoce Macarro que, “dada la naturaleza de los hechos que se le atribuyen”, no le afecta “ninguna de las excepciones” del decreto del 12 de octubre de 1945.

Con este decreto los vencedores de la guerra indultaron a todos los encarcelados por no sumarse a su rebelión militar que, con independencia de su ideología, no tuvieran condenas por delitos de sangre.

En un documento del Consejo Supremo de Justicia Militar de 1954, recogido dentro de este mismo expediente, se puede leer el motivo de denegación de sus súplicas: “tomó parte en profanaciones, detenciones y asesinatos de personas de derechas”.

Será un decreto del Franco de 1961 el que le ponga en la calle: todos los presos que llevaran más de 20 años en las cárceles por hechos relacionados con la guerra, quedaron automáticamente en libertad.

Otros documentos, esta vez guardados en el Archivo Histórico Nacional de Ministerio de Cultura, también registran actividades del poeta. El 11 de mayo de 1939, el alcalde de Alcalá firmó la lista de asesinados en su ayuntamiento durante la “dominación roja”. El nombre de Macarro aparece como “persona sospechosa de participación en el crimen” de Agustín Rosado y Amadeo Martín.

La polémica no ha faltado desde la puesta en  libertad de Macarro. Los familiares de las personas asesinadas en Alcalá de Henares fueron manifestando en distintas publicaciones su versión de los hechos.

Mercedes Cabezudo, madre de Amadeo Martín, narró para Noticias Gráficas, el 23 de octubre de 1963, su recuerdos: “Macarro y otros milicianos practicaron en mi casa un registro de dos horas, llevándose detenido a mi hijo, que fue asesinado a las siete de la tarde. (…) Amadeo Martín se puso de rodillas al morir y perdonaba a todos y pedía perdón por nosotros. Al contar esto, Macarro se reía y hacía gestos de burla”.

Victoria Fraguas Salgado incluso llegó a señalar en una fotografía para La Vanguardia, el 10 de noviembre de 1962, el lugar exacto donde, según ella, las milicias comandadas por Macarro habían asesinado a su tío, José Plaza. Minutos antes, recoge el periódico, Marcos Ana había asesinado de un tiro en la nuca al hijo de éste, el sacerdote Marcial Plaza; muerte que, afirma, aconteció ante la presencia de la madre y otros familiares del cura.

El rotativo catalán, en su edición del 21 de agosto de 1963, describe las circunstancias de la muerte de Rosado: “a quien había sacado de su domicilio con el pretexto de que debía prestar una declaración de importancia. El crimen fue cometido también personalmente por Marcos Ana en el lugar conocido por “la tierra de los ahorcados”, exactamente donde ahora se alza la fábrica Roca de Alcalá de Henares”.

Sin embargo, en sus memorias Decidme cómo es un árbol, publicadas en 2007, Macarro presenta una visión idílica de lo que fue el conflicto bélico en Alcalá: “la contienda me sorprendió en Alcalá, donde los militares también se sublevaron. La resistencia del pueblo, ayudada por una columna de milicianos que llegó de Madrid, nos permitió recuperar la ciudad en veinticuatro horas”.

En su libro, Macarro sostiene que “más adelante me incorporé, casi como una mascota, al Batallón Libertad, y partimos hacia la sierra a detener a los fascistas que avanzaban sobre Madrid”.

Al mismo tiempo asegura que, ya de vuelta en Alcalá, “volví al trabajo político, al frente de la Juventud Socialista Unificada en la comarca. Pese a mi corta edad, era un pequeño líder muy conocido en la ciudad. (…) Tenía solo 16 años y tuve que hacer frente a una sucesión de acontecimientos propios de la guerra y asumir responsabilidades que desbordaban la falta de experiencia y mi juventud”.

Las dudas sobre su relato aumentan al saber cómo fue la toma de Alcalá. La sublevación de los militares rebeldes, al quedar aislados, fracasó sin apenas combates y el día 21 de julio los militares “nacionales” se rindieron a los republicanos.

Solo a partir del día 21 las milicias comunistas entraron en acción. Pusieron en marcha un plan de “exigencias de represalias” sobre la población civil indefensa: saqueo y quema de iglesias y asesinato de “curas y beatos”, y demás “gentes de derecha”.

Pero las dudas sobre su relato no parecen afectar a Pedro Almodovar. El próximo proyecto cinematográfico del director manchego será llevar a la pantalla su autobiografía. Y los homenajes al poeta no acaban aquí.

El pasado 4 de diciembre, el ministro de trabajo Celestino Corbacho notificó a Macarro que el Gobierno acababa de otorgarle la Medalla de Oro al Mérito al Trabajo. El 13 de enero de este mismo año, Patxi López, en nombre del Gobierno Vasco, le entregó el premio René Cassin de Derechos Humanos, y el 20 de enero el Círculo de Bellas Artes de Madrid se llenó para celebrar el 90 cumpleaños del vate marxista.

En sus memorias, Macarro explica al lector porqué, tras recuperar la libertad en 1961, decidió no regresar a la ciudad de su juventud: “En Alcalá de Henares había discurrido mi vida política durante la guerra y no era prudente quedarme allí recién salido de la cárcel y expuesto a posibles provocaciones”.

Lo curioso es que, después tantos años, Macarro aún no haya regresado a Alcalá para leer el pregón de las fiestas o impartir uno de sus recitales. Quizás sea porque todavía queden alcalaínos que recuerdan algo más que sus poemas.

 

Nota:

  • Más información en el semanario ALBA (número 264), ya en los kioscos, y en albadigital.es 

Pulsando en los siguientes enlaces, podrá descárguese algunos de los documentos y noticias citados en este reportaje: