El papel de los católicos en Haití, silenciado por los medios españoles
“Los haitianos se aferran a la fe. Es lo único que, hasta el momento, no parece haberles arrebatado el terremoto.”
REDACCION HO.- Se celebró ayer el funeral por el arzobispo de Puerto Príncipe, Monseñor Joseph Serge Miot, y por el vicario general, Monseñor Charles Benoit. Miles de católicos y todas las autoridades civiles que quedan en el país participaron en una ceremonia al aire libre, porque no quedan templos, y que duró unas dos horas y media.
La noticia ha pasado prácticamente desapercibida para los medios de comunicación españoles. La fotografía que ilustra este texto procede de un periódico hondureño, La Tribuna. En nuestro país no existe la información sobre el sacrificio de la Iglesia en Haití, sobre las pérdidas humanas de sacerdotes, religiosos y seminaristas, y sobre los esfuerzos que está haciendo para levantar de nuevo el país.
Los corresponsales de periódicos, radios y televisiones presencian todos los días en las calles los rezos de muchedumbres que, perdidos sus templos y muertos sus sacerdotes, se reúnen junto a las ruinas de las iglesias, buscan alguna imagen entre los restos y rezan. Sin embargo los enviados especiales españoles no cuentan estas escenas.
No sucede así en otros países. Esta es la crónica publicada ayer por el periódico El Universal, de Caracas, sobre los católicos haitianos:
“De muchas de las incontables iglesias que se erigían en Puerto Príncipe no quedan más que restos de cruces y alguna vidriera. Hasta la catedral ha sufrido daños irreparables.
Pero ello no impide que, cada día, cientos de haitianos se congreguen en el exterior de los recintos religiosos en improvisadas misas para rezar, dándole gracias a Dios por seguir vivos, rogar por sus muertos o, simplemente, hallar un remanso de paz en medio del caos a que ha dado paso el terremoto que destruyó la vida de tantos en este empobrecido país.
A veces, los cánticos religiosos se escuchan ininterrumpidamente desde el anochecer hasta que sale el primer rayo de sol.
La iglesia de Saint Pierre es uno de los pocos templos capitalinos que aún sigue en pie. Pero, aunque no visibles a primera vista, ha sufrido los suficientes daños para que sus feligreses no se atrevan a entrar.
No importa, desde el día después del sismo, los padres celebran varias misas diarias en un pequeño solar cerca de la nave principal.
La última vigilia, en la tarde, congrega cada día a más de un centenar de personas quienes, en bancos o viejas sillas, asisten al servicio religioso frente a un improvisado altar con un pequeño crucifijo sacado cada tarde con el mayor de los cuidados.
Quien no cabe asiste tras las rejas que rodean el recinto, los que pasan de largo se detienen lo suficiente como para al menos santiguarse.
"Valor y respaldo mutuo", proclama el cura en medio de su plegaria. Todo el mundo sabe a qué se refiere.
En las afueras del recinto, la vida continúa con su caótico frenesí. Frente a la iglesia se alza, en plena plaza Saint Pierre, en Petionville, uno de los cientos de campamentos de refugiados que plagan la ciudad.Miles de personas apuran la última hora de luz para lavarse, acumular agua en un tanque traído recientemente por una ONG, cocinar algún alimento. Los niños juegan alborotados entre los adultos que, más serios, escuchan atentamente a un hombre que da instrucciones para recibir vales de comida.
Los coches pasan sin parar, algunos con la música alta. Los vendedores hacen una última ronda antes de llevarse de nuevo el carrito con algún alimento o refresco.
Pero nada de esto parece escucharse una vez traspasada la puerta del solar donde se celebra la misa.
Allí, la dulce voz de una mujer entona un cántico que hace olvidar todo el caos exterior. Otra mujer pasa el cepillo, quien tiene algo, introduce unas monedas, quien no, lo deja circular hasta el siguiente feligrés. Todos se dan la mano, logran esbozar una sonrisa a pesar de las numerosas tragedias personales que han sufrido.
La paz, aunque sea por un breve espacio de tiempo, vuelve a este rincón de la ciudad.
"Rezo para que Dios nos ayude y nos dé un poco de fuerza", explica una de las numerosas mujeres que asisten "cada día", dice, a la misa vespertina. "Rezar nos ayuda", corrobora otra.
Al término de la misa, una anciana abraza agradecida al joven sacerdote que la ha oficiado.
La religión está profundamente arraigada en Haití. Prácticamente todo se encomienda al "Bon Dieu", el "buen Dios", desde el establecimiento de lotería hasta el colorido "tap tap", el transporte público por excelencia en este país.
Ante lo poco que les queda y la mucha incertidumbre que los espera, los haitianos se aferran a la fe. Es lo único que, hasta el momento, no parece haberles arrebatado el terremoto."
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Recursos informativos:
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M. Vidal Dom, 24/01/2010 - 09:25h
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¡Que ejemplo de fe y de
Que Dios les bendiga.
Por que tú lo digas amigo.
"Menos oraciones y rezos y