Cuando la osadía es tétrico cinismo: "El derecho a la vida es el Derecho Supremo"

Cuando la osadía es tétrico cinismo: "El derecho a la vida es el Derecho Supremo"

Nadie podría imaginar que esta proclama la pronuncie  el abanderado de la reforma legislativa más radical en Occidente para el exterminio de los no nacidos y el sufrimiento y abandono de las embarazadas.

REDACCIÓN HO.-  La frase formaba parte de su discurso en la inauguración del Coloquio Internacional sobre la abolición de la pena de muerte, ayer miércoles:

"El derecho a la vida es el Derecho Supremo, como lo ha calificado el Comité de Derechos Humanos, porque sin su garantía efectiva todos los demás derechos carecen de significado y de razón de ser. Algo que parece obvio a ojos de todos pero que si lo fuera de verdad nos empujaría hoy y mañana a reclamar de los poderes públicos de todo el mundo que sean plenamente consecuentes con el carácter inviolable e incondicionado de la vida humana,  y con el derecho a no ser sometido a penas crueles, inhumanas y degradantes."

La persona que ha pronunciado estas palabras es la misma que está tratando de imponer en España, desde la Presidencia del Gobierno, una ley del aborto  anticonstitucional, liberticida y extremista, la más radical de Europa: José Luis Rodríguez Zapatero. Una osadía verbal y unas desvergüenza que se deja implícita como respuesta a los interrogantes: ¿Cómo puede conciliar esa petición con la violación del derecho a la vida humana a los embriones y fetos? ¿A caso Zapatero se impone a la Constitución y a la Ciencia a la hora de invocar el derecho a la vida, y es capaz de establecer diferencias entre unos seres humanos condenados a muerte, los no nacidos -por ende los más inocentes-, y otros, los que han sido condenados tras un juicio a tan inhumana pena?

Pero con toda parsimonia, Zapatero se permitía ayer en su discurso lanzar demandas a los gobiernos de todo el mundo:

 "que sean plenamente consecuentes con el carácter inviolable, incondicionado de la vida humana y con el derecho a no ser sometido a penas crueles, inhumanas y degradantes".

Lo dice quien aún tiene en sus manos rectificar en su empeño de establecer una grave pena de dolor y daño de por vida a miles de mujeres en situación de dificultad, necesitadas de apoyo ante sus embarazos no deseados; lo dice quien condena a su eliminación a miles de seres humanos que no han cometido más delito que el de comenzar a vivir, como él mismo y como todo ser humano, en el vientre de una madre.

Zapatero recalcaba en su discurso que tener la defensa de los Derechos Humanos como prioridad "no es causa fácil: requiere de firmeza, coherencia e ideas claras".  Eso, precisamente, es de lo que adolece, pero grave es en quien reconoce que los Derechos Humanos "no son patrimonio de nadie", de Occidente ni de Oriente, y que por ello "son valores universales que todos los Estados tienen la obligación de proteger en su propio territorio" y también de denunciar su violación "cuando no sean respetados de conformidad con el Derecho Internacional". Eso, señor Zapatero, es precisamente la lección que le están dando los ciudadanos, con su rechazo a la reforma más radical, liberticida y estremecedora que quieren imponernos.